DOCUMENTOS Y EPIFANÍAS

MANUEL RUPERTO RAMOS SÁNCHEZ nació en el pueblo de Venado, San Luis Potosí, el 10 de junio de 1874. Un retrato realizado en el fotoestudio Cruces y Campa, cuando Ramos contaba con siete años de edad, hace pensar que su traslado a la capital mexicana fue al comienzo de la novena década del siglo xx. Sobre su aprendizaje de la fotografía no hay datos precisos. En 1905 contrajo matrimonio con María de la Luz Vázquez del Mercado, con quien procreó seis hijos. La familia fue educada en los valores y tradiciones del catolicismo, religión de la que el fotógrafo potosino fue creyente y militante.


En el entonces alejado barrio de Popotla, Manuel Ramos estableció el hogar en que jugó su prole, se respetaron los días de guardar y se multiplicó un rebaño de cabras importadas de Suiza. Desde esa casona, en la que había un cuarto oscuro vigilado por varias estampas guadalupanas, Ramos salió a cumplir sus varias encomiendas como retratista y a ser testigo de sucesos que marcaron la primera mitad del siglo XX mexicano.

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Pionero de nuestro fotoperiodismo, colaborador de publicaciones como El Mundo ilustrado, Cosmos, El Hogar, El Fígaro y Excélsior, Manuel Ramos es uno de las decenas de autores que integran el Archivo Casasola. Del esplendor y la caída de Porfirio Díaz, del triunfo y la debacle de Francisco I. Madero, de la Decena Trágica y de la Revolución en sus primeros gobiernos fratricidas, dio cuenta Ramos como informador gráfico. Más allá de la política, su crónica se ocupó también de las modas, el teatro, las aficiones deportivas y el tráfico: ese flujo en que las carretelas del Duque Job fueron desplazadas por los automóviles estridentistas.


Otra vertiente de la obra de Ramos se relaciona con su trabajo como fotógrafo del Museo Nacional e “inspector de patrimonio artístico y bellezas naturales”. Su archivo conserva una extraordinaria documentación visual sobre la arquitectura novohispana, civil y religiosa, que desde fines de los años veinte comenzó a ser asediada y demolida por el empuje de la modernidad. Paisajista en tiempos en que la ciudad de México se ubicaba en la “región más transparente del aire”, a través del mirador de Ramos se asoma un horizonte en que las cúpulas conviven con los volcanes y los rascacielos.


La probada devoción que tuvo Ramos por la Virgen del Tepeyac se vio recompensada, el 18 de mayo de 1923, cuando pudo retratar a la sagrada imagen en su soporte original. El amor por el icono guadalupano, símbolo de nuestro sincretismo cultural, fue determinante para este fotógrafo favorito de la decencia clasemediera.


Cuando la jerarquía católica se enfrentó al gobierno revolucionario y dio comienzo la Guerra Cristera (1926-1929), el apacible retratista ayudó con la cámara a la causa de su fe: registró misas secretas, reprodujo efigies de mártires caídos, fortaleció con imágenes pías a las alzadas huestes del Señor. En el último día de 1945, año guadalupano, dejó de existir el fotógrafo que apreció la luz como un don divino.


El archivo de Manuel Ramos ha sobrevivido gracias a la paciencia y generosidad de uno de sus nietos, Manuel Sánchez Ramos, quien a lo largo de la última década permitió que un grupo de investigadores se enterara de la importancia de esa memoria iconográfica. La presente exposición, compuesta de documentos y epifanías, es la primera retrospectiva de un fotógrafo que supo, al igual que el poeta Ramón López Velarde, de los párpados narcóticos de las estatuas y del inútil retorno a los edenes subvertidos.

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